De caceroladas y áticos
No dejo de acordarme de toda aquella gente que hace unos años sufrió tantísimo cuando Pablo Iglesias e Irene Montero se compraron un chalet en Galapagar.
¡Qué disgusto se llevaron! 😯
La casa costó 615.000 euros y resulta que la compraron entre los dos, pusieron sus ahorros y pidieron una hipoteca de 540.000 euros a treinta años. O sea, una cosa rarísima en España: dos personas comprándose una casa con su dinero y quedándose hipotecadas hasta las cejas.
Pero aquello fue prácticamente una emergencia nacional.
El chalet. La piscina. El jardín. ¡La piscina, sobre todo! Creo que hubo gente que estuvo a punto de necesitar asistencia psicológica al descubrir que un rojo podía tener piscina. 🤔
Porque ahí estaba, al parecer, el verdadero problema.
No que hubieran robado el dinero, porque no lo habían robado.
No que lo pagáramos entre todos, porque no lo pagábamos.
No que la vivienda fuese pública, porque era de ellos.
El problema parecía ser que eran de izquierdas y se habían comprado una casa buena, y eso, por algún motivo que nunca he terminado de entender, se consideraba una contradicción ideológica monumental.
Como si ser de izquierdas consistiera en hacer voto de pobreza, vivir debajo de un puente y, a ser posible, llevar unas sandalias hechas con neumáticos reciclados.
Debe de existir algún manual que yo no conozco:
“Normas básicas para ser rojo:
Artículo 1. Prohibido tener chalet.
Artículo 2. Piscina, ni hablar.
Artículo 3. Si empiezas a vivir razonablemente bien, automáticamente te conviertes en aristócrata”.
Yo siempre había entendido otra cosa. Pensaba que una persona de izquierdas no aspiraba a que todo el mundo viviera mal, sino precisamente a lo contrario: a que cualquiera que trabaje pueda tener una vivienda digna, vacaciones, buenos servicios públicos, una educación estupenda para sus hijos y, si puede pagársela, hasta una piscina con trampolín. Pero debo de haber interpretado mal el asunto y por eso ahora estoy preocupadísima por aquellas personas.
Porque si se indignaron de aquella manera por una vivienda privada de 615.000 euros pagada por sus propietarios, no quiero ni imaginar cómo se habrán puesto al enterarse de que el Gobierno de la Comunidad de Madrid compró, a través de una empresa pública, un ático de 6,3 MILLONES de euros.
Sí, sí. 6.300.000 euros.
Un ático de 485 metros cuadrados en Chamberí, con una terraza enorme, comprado con dinero público y presentado como futura oficina provisional de la presidenta de la Comunidad.
Y fíjate tú qué mala suerte: resulta que el inmueble tenía uso residencial y todo el asunto ha terminado siendo tan poco claro que hasta hay una investigación judicial abierta.
Yo supongo que aquellas personas que se llevaron las manos a la cabeza por Galapagar estarán ahora encadenadas a las farolas.
Alguna huelga de hambre habrá. Manifestaciones multitudinarias. Programas especiales de televisión. Horas y horas hablando del ático.
Porque claro… si 615.000 euros privados provocaron aquel escándalo, 6,3 millones públicos deberían haber provocado aproximadamente diez veces más indignación. Son matemáticas básicas.
Pero espera, porque todavía me preocupa más otra cosa.
La Comunidad de Madrid compró también en 2023 una finca en Rascafría por 4,3 millones de euros, dentro de la cual hay un chalet con piscina. Y resulta que Ayuso pasó allí un fin de semana con parte de su familia. 😲
Desde la Comunidad dijeron que el uso estaba permitido, que no utilizó camareros ni cocineros públicos y que incluso se llevó su propia comida. Esto último me tranquiliza muchísimo. Porque claro, después de pagar los ciudadanos madrileños 4,3 millones por la finca, hubiera sido ya un despilfarro intolerable que alguien hubiera puesto también las croquetas. Menos mal que apareció el táper para salvar las cuentas públicas.
Y aquí es cuando mi preocupación empieza a convertirse en curiosidad.
¿Dónde está toda aquella gente? 🤔
Porque recuerdo perfectamente la indignación por Galapagar.
Lo que ya no encuentro con tanta facilidad es una indignación proporcional ahora.
Y entonces se me ocurren dos posibilidades.
Una es que hayan madurado políticamente y hayan llegado a la conclusión de que convertir en escándalo nacional la casa que alguien compra legalmente con su dinero era una soberana tontería.
En ese caso, enhorabuena. Nunca es tarde.
La otra posibilidad es bastante más divertida. Que el problema nunca fuera el chalet. Que el problema fuera quién vivía dentro.
Porque quizá todavía queda alguna mente anclada en esa España en la que determinadas personas podían tener casas estupendas, fincas, piscinas y una vida magnífica sin que a nadie le pareciera ideológicamente sospechoso, mientras que otros tenían que demostrar permanentemente que seguían siendo pobres para tener derecho a defender determinadas ideas.
Vamos, aquello tan antiguo de que unos nacieron para vivir estupendamente y otros para reivindicar derechos… pero, por favor, sin disfrutar demasiado de ellos.
Y a mí eso me hace mucha gracia.
Porque yo no quiero una sociedad en la que los ricos vivan peor. Quiero una sociedad en la que los demás vivan mejor. Esa es justamente la diferencia.
Así que sigo preocupada por aquella pobre gente que sufrió tanto con el chalet de Galapagar. Con lo del ático de 6,3 millones y el chalet público de Rascafría tienen que estar pasando unos días horrorosos.
Aunque, pensándolo bien… igual están perfectamente!
Y entonces ya no estaríamos hablando de chalets, estaríamos hablando de otra cosa. 😏

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