Qué cosas tiene el tiempo... Tic-Tac
Hubo una época en la que Pablo Iglesias repetía aquello de “tic-tac, tic-tac” y sonaba casi como la banda sonora de una revolución que ya venía de camino. El mensaje era bastante claro: a algunos se les estaba acabando el tiempo.
El problema es que los relojes
políticos deben de tener una garantía larguísima, porque aquí seguimos
escuchando el mismo tic-tac. Solo que ahora suena distinto. Ahora, a mí, me
parece más una alarma de incendios.
El sonido es el mismo. Lo que
cambia es el temor que causa.
Antes, para mí, aquel reloj
anunciaba mejorar el Estado de bienestar. Ahora parece anunciar el fin del
mundo.
Y una, que ya lleva unos cuantos
años escuchando relojes electorales, empieza a pensar que quizá el truco está
en mantenernos siempre pendientes del próximo susto.
Porque mientras unos dicen que a
los otros se les acaba el tiempo y otros aseguran que viene el apocalipsis si
ganan los de enfrente, el ciudadano normal sigue con una rutina bastante menos
emocionante: se levanta, va a trabajar, paga facturas, mira cuánto cuesta
llenar el carrito, se queja un poco… y sigue.
A veces pienso que en la política
española tenemos una facilidad tremenda para convertir cada elección en “la más
importante de nuestra historia”. Tiene que ser agotador vivir siempre en el
último capítulo de la serie.
Yo prefiero tomarme estos tic-tac
con un poco más de calma. Pero una cosa es no vivir permanentemente en modo
apocalipsis y otra muy distinta pensar que da igual quién gobierne.
A mí no me da igual.
Creo que hay derechos que se
pueden perder, servicios públicos que se pueden debilitar y decisiones que
afectan de verdad a la clase trabajadora, a la clase media, a los inmigrantes
y, en general, a quienes más necesitan que el Estado de bienestar funcione.
Por eso creo que hay que
implicarse, defender lo que uno considera justo y votar en consecuencia. Pero
también creo que se puede hacer sin convertir cada día en el fin del mundo.
Porque preocuparse no significa
vivir asustados.
Y defender derechos no debería
depender del volumen de una alarma, sino de tener claro qué sociedad queremos
construir y qué cosas no estamos dispuestos a perder.

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