Odio, bulos, ruido...
Yo pensaba, ingenua de mí, que una manifestación en apoyo a Ceuta sería para pedir soluciones al problema que tiene la ciudad con la llegada masiva de inmigrantes. Porque el problema existe, claro que existe: cuando llegan miles de personas de golpe a un territorio pequeño, faltan recursos y aparece el caos.
Pero luego ves algunas de esas manifestaciones y te
encuentras insultos a Pedro Sánchez, saludos nazis, cánticos franquistas, vivas
a Franco y enfrentamientos varios… y una empieza a preguntarse en qué momento
Ceuta desapareció de la conversación.
Porque pedir soluciones es una cosa, gritar “hijo de puta”
es otra. Y levantar el brazo al estilo de los años cuarenta, qué queréis que os
diga, no parece un plan muy serio de política migratoria.
También me llamó la atención la agresividad contra los
periodistas de Televisión Española que estaban allí haciendo su trabajo.
Aunque, bien pensado, tampoco debería extrañarme demasiado después de tanto
tiempo oyendo que esa cadena es “del régimen” y que poco menos que hay que
entrar a limpiarla como si fuera una plaga bíblica.
A mí hay cadenas que no me gustan nada. ¿Y sabéis qué hago?
No las veo. Es un invento modernísimo: coges el mando, cambias de canal y
asunto resuelto. Sin motosierra, sin lanzallamas y sin necesidad de declararle
la guerra al presentador.
Y con los gobiernos pasa algo parecido. A veces gobiernan
los tuyos y a veces no. Fastidia, sí. Pero para eso está la democracia: para
criticar, protestar, esperar elecciones y votar. No para convertir cualquier
problema en una verbena del odio.
Los políticos pueden mentir, exagerar y manipular, pero
nosotros también tenemos una responsabilidad: informarnos un poco, pensar otro
poco y no tragarnos cualquier disparate solo porque viene envuelto en la
bandera que más nos gusta.
Y, sobre todo, no dejar que nos conviertan en personas
llenas de odio hacia quien piensa distinto.
Esa película ya la vimos y no acabó precisamente bien.

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